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Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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sábado, 7 de agosto de 2010

Ver a los Muertos, Según el Folclore Astur


En Asturias, aquel que poseía la facultad de ver y comunicarse con los espíritus de los fallecidos recibía el nombre de vedorio. Según la creencia popular, estas personas podían transmitir mensajes entre los vivos y los muertos, eran capaces de predecir futuros entierros y sólo ellos estaban libres de cualquier daño si se cruzaban de noche con la Güestia (o Santa Compaña), la procesión de almas en pena que desfilaban por los caminos portando un hueso encendido como antorcha y repitiendo una y otra vez su advertencia: “Andad de día, que la noche es mía”.

Estos médiums tradicionales asturianos no adquirían su don por nacimiento, sino durante el bautismo. Si el cura utilizaba en ese momento la estola negra propia de la liturgia de Jueves Santo o los oleos de ungir a los muertos, extraídos del nogal, el niño crecería con la facultad de ver a los muertos. En algunas zonas, se pensaba además que ese poder podía transmitirse como por contagio: si te cruzabas con el vedorio cuando este regresaba del cementerio y te entregaba algún objeto que hubiera recogido allí, tal vez una piedra de forma curiosa o una flor rara, a la noche siguiente podías encontrarte con una desagradable sorpresa. Debido a este miedo al contagio, los vecinos rehuían su trato, por lo cual se veían obligados a llevar una vida solitaria.

Sin embargo, no sólo los vedorios podían ver a los muertos. Nadie estaba libre de cruzarse con la Güestia, que en ese caso constituía un anuncio de muerte segura. Se libraban de las funestas consecuencias del encuentro los que tuvieran a un amigo o un familiar fallecido entre los componentes de la comitiva espectral, o aquellos con la rapidez suficiente como para dibujar en el suelo un círculo con un pentagrama inscrito y meterse dentro. A veces una persona normal acompañaba a un vedorio y sólo este veía la procesión de las almas, en tales ocasiones, si aquel quería verla también (y quedando impune) sólo tenía que situarse detrás del vedorio y apoyar la barbilla sobre su hombro.
Cualquiera podía encontrar a un conocido, hierático y taciturno al borde del camino, para al llegar a casa enterarse de que había muerto poco antes lejos de allí. No eran infrecuentes tampoco las historias de apariciones de almas bajo formas humanas o no humanas, por ejemplo como un lobo blanco, o como un perro negro inverosímilmente grande o una serpiente muy larga, o, incluso, bajo forma de raíz de árbol, que regresaban para dar un último mensaje a los vivos y hacer una última petición antes de partir hacia el cielo o el infierno.

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