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Equipo Infinito.

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jueves, 7 de octubre de 2010

La Maldición de Tutankamón


Con la exploración de nuevos y vastos territorios en Asia, África, Oceanía y América por parte de las potencias coloniales europeas, un mundo desconocido y fascinante se abría al público del Viejo Continente. Las historias de los miles de aventureros que se adentraron en las desconocidas tierras, sumadas a los mitos y leyendas locales que resultaban extraordinariamente atractivas para el ávido público, forjaron nuevos mitos y nuevas leyendas.
Búsquedas de míticos e inconmensurables tesoros provocaron la partida a aquellos territorios de gran cantidad de expediciones con maquillaje científico. Es por este motivo que muchos e invaluables tesoros culturales fueron malogrados por cazadores de fortuna que tentaban suerte de este modo. Resultaba realmente atractivo tratar de encontrar algún tesoro escondido por siglos e inclusive milenios, que proporcionara la tan anhelada riqueza material.
A partir de la toma de Egipto por parte de Napoleón Bonaparte, este país se convirtió en uno de los sitios predilectos por esta clase de expedicionarios, debido en gran medida por la costumbre de los antiguos egipcios de enterrar a sus muertos con parte de su fortuna y utensilios elementales, para que el difunto tuviera todo lo necesario en el otro mundo.
Gran cantidad de tumbas y templos fueron saqueados durante todos los tiempos, incluyendo durante el propio imperio egipcio. Pero nada es comparable con las correrías desatadas a partir del siglo XIX y que continuaron hasta bastante adentrado el siglo XX. Sin embargo, a fines del siglo XIX y principios del XX, algunas universidades europeas tomaron conciencia de la verdadera riqueza de aquellos sitios, organizando una gran cantidad de expediciones verdaderamente científicas, muy bien intencionadas, pero que muchas veces cometieron errores metodológicos que llevaron a que, a pesar de las buenas intensiones, se produjeran daños irreparables. De todas formas, esto significó un cambio importante en la conducta de los europeos en los territorios explorados.

Las maldiciones de las tumbas

Uno de los hechos que más llamó la atención fue el hallazgo en varias tumbas del antiguo imperio egipcio, tanto reales y nobles como del pueblo en general, de tablillas en arcilla, frescos o bajorrelieves donde se maldecía con toda clase de suertes a aquellos que osaran profanar la tumba y alterar el eterno descanso del difunto. Estas maldiciones fueron origen de algunos mitos que trascendieron las fronteras y llegaron al público europeo, que cada vez se sentía más atraído por los relatos de las aventuras vividas por los intrépidos expedicionarios.
Ya desde épocas remotas se conocían relatos e historias acerca de los efectos que estas maldiciones tenían en aquellos que profanaban tumbas. Sin embargo, habría una de ellas, que tuvo su comienzo a principios del siglo XX y posteriormente a la Primera Guerra Mundial, que habría de causar sensación y se convertiría en el motivo principal de muchas novelas y filmes.

Lord Carnarvon y Howard Carter

Lord Carnarvon era un rico aristócrata inglés aficionado a la egiptología, algo bastante de moda a fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Para poder hacer frente a una expedición que tuviera pretensiones de tener éxito, debía formar un equipo que se encontrara encabezado por un experto. De esta forma, en 1907 contrata a Howard Carter para que realizara las excavaciones por él. Entre 1908 y 1912, Carter realizó infructuosas excavaciones en algunos sitios.
Carnarvon logró convencer en 1914 al gobierno local de Egipto, de que le concedieran permiso para realizar excavaciones en el Valle de los Reyes, donde anteriormente se habían hallado una gran cantidad de tumbas reales, en su mayor parte saqueadas con anterioridad a la llegada de los europeos. Sin embargo, como consecuencia de la guerra, los trabajos se vieron retrasados durante tres años.
Durante varios años, Carter dirigió las excavaciones en procura de encontrar la tumba de Tutankamon, uno de los pocos reyes egipcios cuya tumba aún. Carter estaba convencido de que la tumba se encontraba en el sitio donde se hallaban excavando, pero con el pasar de los años, Carnarvon estuvo a punto de abortar la misión. Carter logró convencerlo de que le permitiera excavar durante un año más.

El hallazgo de la tumba

El 4 de noviembre de 1922, habría de pasar a la historia como uno de los mojones más trascendentes de la historia de la arqueología y como el día de gloria de Howard Carter. Realizando excavaciones en uno de los últimos puntos, se encuentran con la tumba de Tutankamon.
Cuando por fin pueden tener acceso a la puerta y derribarla parcialmente, todos los presentes quedaron atónitos ante la visión que les ofrecía el interior de la tumba. Se encontraban ante un salón, en cuyo extremo opuesto se encontraba otra puerta, custodiada por dos estatuas de piedras. En desorden se encontraban, esparcidos en el interior del salón, varios objetos cuya belleza sorprendieron a todo el mundo, además de su incalculable valor monetario.
Cuando pudieron abrir la segunda puerta, se encontraron con la antecámara, la que también se encontraba con muchos objetos de valor, así como utensilios variados, necesarios para la vida más allá de la muerte, según la creencia de los antiguos egipcios.
No fue hasta febrero de 1923 que pudieron tener acceso a la cámara mortuoria, debido a la gran cantidad de trabajo (fotografía, catalogación y traslado para su estudio) que debían hacer con los objetos encontrados en las dos primeras cámaras. Si habían quedado sorprendidos por los hallazgos hechos en las cámaras anteriores, mucho mayor fue la sorpresa cuando ingresaron a la cámara mortuoria, ya que se hallaba colmada de una enorme cantidad de objetos valiosísimos, tanto en su valor en oro como por la belleza de objetos tan finamente elaborados.
También tuvo su suspenso el acceso a la momia del rey, ya que se encontraba en una sucesión de sarcófagos.

La maldición de Tutankamon

Siete semanas después de la apertura de la cámara mortuoria, Lord Carnarvon, en medio del período de su vida más glorioso, fallece en El Cairo a donde había sido trasladado para su tratamiento, el 5 de abril de 1923, víctima de una infección generalizada. Es natural, que siendo una de las figuras más destacadas en el ambiente científico de aquellos tiempos, su fallecimiento haya resultado una noticia trascendente en toda Europa. Como era de esperarse, en un período de la historia donde a las noticias se les daba un cierto toque romántico, se asociaran a su muerte algunos hechos extraños que nunca fueron confirmados, pero que comenzaban a calar en la imaginación popular.

Pero la muerte de Lord Carnarvon fue la primera de una serie de muertes y acontecimientos extraños ocurridos a otros integrantes del equipo de excavación. Autrey, hermano de Carnarvon, falleció seis meses después de aquel, como consecuencia de una infección ocasionada por una operación menor. Arthur Mace, ayudante de Carter, falleció de una pleuresía antes de que finalizaran los trabajos en la tumba. Tras haber visitado el descubrimiento, un príncipe egipcio falleció. Un científico que se encontraba visitando las excavaciones, se precipitó al vacío y murió algunos días después como consecuencia de las heridas. Breasted, otro egiptólogo que se encontraba trabajando en el equipo, falleció a causa de una infección. Otros miembros del equipo, murieron poco tiempo después, como consecuencia de enfermedades en la mayoría de los casos.
Investigadores modernos intentan explicar estas extrañas muertes, con lo fácil que resultaba en aquellos tiempos, cuando la penicilina no existía, morir como consecuencia de enfermedades que hoy en día no resultan más que una molestia. Sin embargo, muchos sostienen que tan extraña sucesión de acontecimientos funestos, tienen como única explicación la maldición de la tumba de Tutankamon. Como en tantos otros extraños acontecimientos de la historia, la falta de evidencias científicas comprobables permite sostener el mito a través de los tiempos.

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