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Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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domingo, 12 de febrero de 2012

La Cañada Que Llora



La Hacienda La Mancuerna, propiedad de la familia Barragán, era de las más prósperas de la tierra caliente. La caña de azúcar que de allí salía bastaba para abastecer a la región de Uruapan y exportar a Morelia, ciudades donde la tradición dulcera se hallaba en auge. Cuatro generaciones se contaban ya entre los hacendados y entre sus peones, no mejor ni peor tratados que los de cualquiera de la época (lo cual quiere decir que vivían bastante mal). No eran los Barragán gente que se hiciera de enemigos, tampoco eran de los que se daban a querer por el pueblo. Eran gente trabajadora y pacífica.
Hasta que nacieron las hijas de Antonia. Antonia era nieta del primer Barragán que llegó a Los Reyes, Michoacán. Como sus padres no habían podido tener más que una hija, pues fue ella, Antonia, la que heredó la riqueza de los Barragán y la obligación de administrarla. Cuentan que era una mujer a la que no le gustaba que nadie le diera órdenes. Por eso no se casó jamás, pero tuvo muchos amantes. La gente del pueblo no la quería, pero como era la patrona, la respetaba a regañadientes. Antonia no ocultaba sus novios. Los usaba cuando quería y cuando ya no los quería, los cambiaba.
De un novio que Antonia tenía entre los peones le nació Esmeralda, la hija mayor, cuyos ojos negros estaban hechos sólo para causar hechizos y estro-picios.
De un novio distinto le nació Rubí, cuya sonrisa haría que más de alguno perdiera la calma, la confianza y luego la paciencia.
De otro novio, dicen que uno francés o alemán, le nació Perla, la más bella de las tres hijas de Antonia.
Las niñas no se parecían en nada entre sí, salvo porque eran insensatamente atractivas. La única otra cosa que tuvieron en común fue el trágico destino al que parecían estar obligadas desde el momento de nacer.
De pequeñas, Esmeralda, Rubí y Perla crecieron dentro de la hacienda de su madre sin hacer jamás ningún viaje salvo para ir al pueblo de Los Reyes para escuchar la misa. Cuando ya la mayor era muchachita, la madre dispuso que para que fueran hallando un novio era bueno llevarlas a las ferias y las fiestas de otros pueblos. Las niñas conocieron Uruapan, Zamora y hasta Morelia, en un viaje largo que hicieron cuando la menor cumplió trece años. En cada fiesta las tres hijas de Antonia eran de las más solicitadas para permitir una danza. Jamás faltaba un joven enfebrecido que les pidiera que guardaran un pañuelo como prenda de amor.
Cuando Perla llegó a los quince Esmeralda ya tenía dieciocho y estaba más que lista para ser casada, Antonia decidió hacer una fiesta en su casa de Los Reyes. A pesar de los pocos lugares que habían pisado, la fama de las niñas Barragán ya era conocida en toda la tierra caliente. A la fiesta en Los Reyes asistieron jóvenes venidos de Michoacán y Jalisco. Parecía ser una ocasión de lo más feliz, pero no fue así.
Durante la fiesta, Antonia recibió muchos ofrecimientos para casar a sus hijas. Eran más de tres los padres de algún muchacho enamorado que ya le había echado el ojo a alguna de sus hijas. La situación no era normal. Se hizo evidente que las tres niñas Barragán habían estado recibiendo pañuelos y muestras de amor de cuanto joven suspiraba por ellas, sin jamás matar ilusiones o elegir a alguno por sobre los otros.
La incómoda situación llegó a un punto máximo cuando las jovencitas fueron obligadas a decidir por los padres de los jóvenes enamorados y por la madre (Antonia) confundida. Ante la presión, las tres muchachas optaron por no elegir a nadie, sino pedir tiempo para esperar.
Pero los enamorados no esperan. Hubo uno que se quiso robar a Rubí y mientras otros lo impedían, no faltó el que le echó el guante a Esmeralda o a Perla. En una sola noche, sin que nadie supiera quién o por donde, en medio de una balacera descomunal donde hubo muchos hombres muertos y heridos, las tres hijas de doña Antonia Barragán desaparecieron.
La madre salió la misma noche a buscarlas, pero algo debió pasarle porque nadie la volvió a ver. Cuenta la leyenda que alguien le había avisado que sus hijas iban rumbo al sur, obligadas por un hombre y juntas. Persiguiendo la ilusión, doña Antonia buscó por meses. Como jamás encontró a ninguna, se regresó a su casa a llorarlas y justamente debajo de las tierras de los Barragán nacieron poco después tres chorros de agua. La gente decía que era el llanto de la madre por cada una de sus hijas.
El lugar hoy día se conoce como Los Chorros del Varal (la plantación de caña).

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