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Desde ya les agradezco a todos y pido disculpas si no se agrega la fuente por que muchos correos no la poseen y para no cometer errores no se agrega pero en este pequeño equipo estamos muy agradecidos para con todos. Muchísimas Gracias a todos en general por su valiosa información y por su cordial atención.

Equipo Infinito.

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jueves, 1 de junio de 2017

Florencia La Mujer De La Ruta



El desierto chileno de Atacama es el más árido del mundo, con oscilaciones térmicas muy marcadas entre el día y la noche, aunque sin llegar a extremos de temperatura.

Aunque es una zona inhóspita y difícil para la vida humana, a fines del siglo XIX, este desierto comenzó a recibir muchos pobladores, debido a la gran actividad minera, teniendo en cuenta la alta concentración en la zona de nitratos, cobre, hierro, litio, oro y plata. De este desierto de Atacama, rescatamos una historia llena de misterios, apariciones y amores desencontrados.

Por lo que se sabe, se cuenta y se murmura; ésta historia se ha repetido –y aún hoy se repite- con distintos hombres que recorren las rutas chilenas en la zona desértica; pero tomaremos uno de ellos para protagonizar este acontecimiento.

Vicente Pantoja es un joven vendedor de remedios, que dos veces al mes, se traslada desde Iquique hasta el pequeño poblado de Huara, llevando los pedidos para la única farmacia del lugar.

En uno de esos habituales viajes, mientras recorría las áridas tierras donde la ruta parece una interminable víbora sobre el desierto, Vicente vio en medio de la soledad a una joven y hermosa mujer, de largos cabellos negros, con un vestido blanco resplandeciente que la hacía ver como una novia camino al altar.

Esa mujer le hizo señas para que la llevara y por supuesto, Vicente no dudó un instante en detenerse y maravillado ver como la mujer se sentaba a su lado.

Así, Vicente comprobó que el amor a primera vista existe y que el nombre Florencia se había convertido en el más lindo del mundo.
El joven, pese a ser un tanto retraído, al llevar a la joven a la casa donde ésta le indicó que vivía, la invitó a encontrarse para volver juntos a Iquique.

Ese día, como lo hacía habitualmente en cada uno de sus viajes, Vicente cumplió con sus obligaciones para con el farmacéutico, entregó los medicamentos que traía, tomó los pedidos para su próximo viaje, luego visitó algunas personas del pueblo y después de una reparadora cena caliente, se acostó temprano para iniciar el día siguiente el regreso; no sin antes compartir un cognac y una larga charla con Orlando, el dueño del hotel, quien lo puso al tanto de las novedades del lugar.

Estos viajes frecuentes le habían permitido a Vicente entablar ciertas relación amistosa con algunas personas del pueblo (como el dueño del hotel, el farmacéutico y algunos más). Entre esos casi amigos, estaba don Enrique Ibáñez, el cual había desaparecido misteriosamente. A Vicente le impactó mucho la noticia, sobre todo por el misterio que rodeaba el hecho. Algunos decían que lo habían visto con una bella y joven mujer, lo que resultaba muy extraño porque don Enrique siempre se caracterizó por ser un respetuoso amante de su esposa y su familia y resultaba increíble que se enredara en amoríos como para abandonarlos. Otros pensaban que algo extraño había pasado con el querido vecino y lo relacionaban con hechos similares, pero ante la poca información, el pueblo se llenó de rumores. Después de mucho tiempo, el caso se archivó como no resuelto por falta de evidencias.

Al día siguiente, Vicente Pantoja, decidió ir a buscar a Florencia, la mujer de sus sueños, para volver juntos a Iquique, tal como lo habían acordado. Pero los hechos y la noticia que recibió cambiaron radicalmente su vida.

Al golpear en la casa donde había dejado a la joven, lo recibió una anciana que amablemente, aunque sorprendida, lo invitó a pasar. Cuando Vicente le contó que el día anterior había conocido a la chica, la anciana no pareció asombrarse, le mostró una foto de Florencia (era ella, no había dudas) y le contó que su nieta había muerto en un accidente hacia algún tiempo.

En ese momento Vicente no entendió el porque de la afirmación de la anciana, si él la había dejado allí el día anterior, si la vio entrar a la casa, no entendía porque la anciana le mentía y le negaba ver a su nieta. El joven viajante, pese a los compromisos que lo esperaban en Iquique, decidió quedarse un día más con el afán de encontrar nuevamente a esa mujer con la que había descubierto el amor y por la que estaba totalmente deslumbrado.

Fue así que deambuló toda la tarde por el pueblo, dando vueltas y vueltas con su auto, pasando una y otra vez por la casa de la anciana, con el afán y el deseo de ver aparecer a Florencia; pero todo fue en vano y se sentía recorrido por un sentimiento de frustración, engaño y hasta un cierto rencor con la anciana.

Pasó una noche tortuosa en la que fue para él muy difícil conciliar el sueño y poder descansar, ya que la hermosa imagen de Florencia ocupaba todos sus pensamientos.

Toda esta situación había demorado un día su estadía en el pueblo, pero Vicente tenía obligaciones y muy a su pesar, decidió emprender el regreso con la esperanza de reencontrar nuevamente a su amada cuando volviera en dos semanas.

Se despidió del dueño del hotel con el habitual “hasta dentro de 15 días, don Orlando”, pero antes de dirigirse a la ruta, condujo su vehículo por el pueblo tratando de ubicarla, pasando varias veces por la casa de la abuela con un intimo anhelo de que la anciana le hubiese mentido y que Florencia saliera radiante a su encuentro. Después de vueltas y vueltas sin éxito, resignadamente tomó rumbo a la ruta para regresar a Iquique, pensando que tal vez, tuviera una oportunidad ... tal vez ella estuviera en la ruta haciendo dedo como cuando la conoció.

Fue tanta la obsesión por Florencia que Vicente olvidó poner combustible a su auto y al cabo de unos kilómetros de viaje se dio cuenta que se quedaba irremediablemente varado en pleno desierto. En medio de este solitario y caluroso paraje, Vicente descubrió, justo enfrente de donde su auto se detuvo, una pequeña ermita con una torcida cruz de madera y arruinadas flores artificiales.

Estos pequeños y rústicos santuarios (al igual que en los caminos de nuestro país), habitualmente se construyen para memorar el lugar de la muerte de una persona. Cuando Vicente se acercó a la ermita, su corazón se destrozó y miles de pensamientos encontrados inundaron su cerebro.

Desde una foto descolorida por el terrible sol del desierto, Florencia, vestida de blanco y con los cabellos negros y largos cayéndole en los hombros, lo miraba de una forma extraña y hasta algo diabólica. Era verdad lo que le dijera la anciana: Florencia estaba muerta.

Quiso engañarse pensando que todo era un espejismo pero también entendía que estaba inmerso en una tenebrosa realidad. Huyó rápidamente de esa ermita caminera, con el claro intento de arrancar de su ser a esta joven que robó su corazón.

Vicente tal vez no llegó a comprender que había sido protagonista de un hecho sin explicación y que su auto se había detenido en el mismo lugar donde hacía dos días había subido a Florencia.

La extraña muerte de Vicente Pantoja en medio del camino no tuvo explicación para la comunidad y al igual que la trágica desaparición de don Enrique Ibáñez, como la de tantos otros viajeros de la ruta, se debió aceptar como parte de un misterio.

En cuanto a la historia de Florencia, se dice que fue una de las más hermosas jóvenes del pueblo, alegre y llena de vida.

Para su desgracia, un forastero se burló de ella, la enamoró y después de cumplir su propósito de robar la pureza de la muchacha, la dejó vestida de novia esperándolo en la iglesia. Fue en ese momento cuando Florencia enloqueció por el dolor y corrió por la carretera en busca de una ilusión perdida. Allí, en la ruta, muy cerca del pueblo, un sorprendido automovilista la atropelló y la hermosa niña encontró la muerte.

En ese lugar, donde una pequeña ermita recuerda el hecho, se ha visto aparecer a la joven, haciendo señas a los conductores para cumplir su eterna venganza para con los hombres.-

Esta leyenda, con algunos matices, se puede encontrar en distintas partes del mundo (incluido nuestro país) y en cada lugar muchos serán los que afirmarán que es totalmente real, aunque como pasa habitualmente, muy difícil será rastrear hechos documentados que realmente avalen la historia.

Sea como fuere, la historia de la mujer de la ruta (en éste caso, en el desierto chileno de Atacama) es una historia que perdura en el tiempo y que de tiempo en tiempo parece actualizarse, quizás –y aunque nos cueste creerlo- por nuevas victimas de esta extraña venganza femenina.

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